La Bruja de Koe: Cap I

Capitulo I:  El valle Anegado


El reino Woldon. En algún lugar de la montaña Koe, a cuyo pie yace el pequeño y olvidado valle de Daires...

Se colocó su abrigo de lana de amarillenta, se calzó unas sandalias cerradas con fajillas de cuero y abrigadas por dentro con lana de inos. Callada cruzó el pasillo iluminado vivamente por la vela que sostenía. Las sombras que se escurrían fantasmagóricamente huyendo de la luz no la asustaban, era su casa y aquellas eran sus sombras. No era la primera vez que se despertaba a esta altura de su sueño, pero en medio de una tormenta y por culpa de un golpeteo en la puerta, era poco común. En la premura y sin querer, pisó una de las colas de Wicco, su mascota, quién en medio de un estridente maullido se disparó hacia la oscura y desierta cocina.

Los golpes de la puerta parecían incesantemente desesperados. Bajó los dos ligeros escalones que daban al recibidor y colocó la vela en la mesita junto a la enorme puerta de madera oscura. Cuando por fin apartó todas las cerraduras y entreabrió produciendo un sonido quejumbroso, una bocanada de viento y agua amenazó con apagar la vela. En el instante siguiente un relámpago iluminó el rostro de dos pequeñas criaturas: una pareja de niños humanos, no mayores a los diez años.

Se hallaban harapientos, empapados y tiritando de frío. Los pequeños que esperaban ver un rostro maligno o deforme, una bocaza y unos rojos encolerizados, tal vez una nariz ganchuda y con verrugas, propios de la malvada bruja que habitaba la casa. Sin embargo se sorprendieron por el dulce rostro de la joven, casi una niña, que los recibía iluminado por una vela de cera de alcotara que daba una suave luz blanca.

_ Nuestra madre se muere _  dijo el niño, entre gemidos y sollozos, sin perder más tiempo, sin osar  pasar del umbral de la puerta.
_ Nuestro padre está en la guerra, no queremos que nos deje mamá, ayuda a mamá_ Añadió la niña, más pequeña. Aquella intentó pasar a la casa para halar de la manga a la joven, pero su hermano la detuvo con cierto recelo mientras la pequeña lloraba desconsolada. Aquella escena en medio de la tempestad era realmente triste.

La joven dueña de la casa, sin pronunciar palabra consintió bajar de su montaña para tratar de salvar la vida de la madre los niños. Sabía que quizás la mujer preferiría morir a ser tocada por ella, pero el corazón se le conmovió con la idea de que los pequeños infantes se quedaran solos en el mundo, y por la valentía que demostraban siendo tan pequeños. Así que se dispuso pronto para descender al caserío enclavado en aquel valle anegado por las persistentes lluvias de los últimos días. Preparó lo necesario en unos instantes y salió tras los niños con su bolsa de tejido blanco y la vieja capa de su madre.

Latigazos inclementes de viento y agua arreciaban en la oscura noche, roncos truenos retumban como los pasos de los gigantes y las centellas de los relámpagos alumbraban brevemente el sendero boscoso. Caminaban velozmente, a pesar de la oscuridad, por un largo, sinuoso y resbaladizo camino; en el que en algunos recodos se habría profundas y mortales gargantas rocosas, ocultas entre los pliegues de la noche.

El paso era rápido a pesar de lo peligroso del sendero a oscuras. El camino giraba muchas veces, y raudales de lodo y agua bajaban por algunos pliegues de la montaña como desangrando el espeso bosque que se arraigaba en las laderas. A pesar de muchos tropiezos y resbalones los niños no protestaban, encabezaban la marcha a viva carrera sosteniendo la tenue lamparilla que habían traído.

Transcurrido bastante tiempo hasta que atisbaron las primeras chozas, como tintineantes luciérnagas amarillas en un negro lago. Humé se llamaba aquel caserío enclavado en medio del pequeño y fértil  valle de Daires, al pie la montaña Koe, al sur, muy al sur del reino de Woldon. Eran tan solo unas chozas pobres dispuestas aquí y ya, quizás un poco más de una veintena de familias todas dedicas al campo, una desvencijada choza a modo de triangular iglesia de uniluminados, y una casa mayor donde el cial del pueblo residía, era la mejor choza y no era necesariamente para el mejor hombre. El pueblito era tranquilo a pesar de aquellos tiempos duros de guerra, castigado recientemente por unos inclementes aguaceros que lo inundaban todo con la complicidad del río Cele, que pasaba muy cerca del caserío y que se desbordaba con relativa facilidad en los tiempos de tormenta. Aquella noche la lluvia no cesaba a pesar de que a esas horas el alba parecía amenazar con levantar el negro manto nocturno, el río batía con violencia sus aguas, podía escuchársele desde lejos.

Cruzaron las callejuelas vueltas ríos de fango y agua, hasta llegar a una modesta cabaña más o menos al centro de la villa a lado de una pequeña plazoleta la cual vista ahora semejaba un pequeño lago en medio del pueblo. A la joven aquella plaza le trajo viejos recuerdos, memorias de hielo, fuego y sangre.

Entró tras los niños, y encontró una choza sombría  por el que se escurrían ratas, insectos y demás animalejos huyendo del temporal. Todo era humedad y frío. Precarias divisiones de corteza, la dividan en cuartitos Parches de moho verde mordían las paredes de viejos maderos, mientras infinidad de goteras se desprendían del techo de hojas cocidas de amap y lo mojaban todo. En una esquina, en la habitación menos mohosa y húmeda de la casa, un cuartito diminuto, se hallaba la madre de los pequeños iluminada por una lamparilla de aceite de caitil que expulsaba ese olor repulsivo característico que ayudaba a repeler a los insectos ponzoñosos. Recostada en el suelo y envuelta en trapos sucios y mal olientes, tosía apremiadamente dejando manchas de sangre alrededor. Los niños sollozaban desde el marco donde se suponía debía ir algún tipo de puerta, observando y esperando un milagro, aun cuando éste estuviese maldito.

Procedió la joven. Se arrodilló colocando su mano en la frente de la enferma retirándola rápidamente empapada de un sudor tibio, notó que los labios de la mujer se hallaban cuarteados y que sangraban, que su piel era muy amarilla y que había muchas manchas violáceas en la misma.

Desenredó su bolso y tendió su contenido en el suelo de la habitación: vasijas, cucharillas de madera, una daga bellamente decorada con un grabado en la empuñadura de hueso, agujas hechas con las largas espinas del Caitil ya limpias y secas, ramilletes de plantas, pequeños calabazos secos, pergaminos de piel, entre un sin fin de objetos más que se tendían sobre la tela.

Comenzó a preparar un menjurje mezclando cosas de aquí y allá pronunciando palabras ininteligibles para los niños. En medio de su labor, la enferma se estremeció y abrió los ojos mirándola directamente al rostro. Los niños se asustaron al ver a su madre horrorizada ante la presencia de la joven. Intentó algún ademán débilmente para alejarse, pero volvió a caer en un sopor inconsciente cuando la joven le pasó la mano frente a su rostro diciéndole “-Serim..-”.

Terminado el bebedizo, pronunciando más palabras extrañas hizo que la madre de los pequeños, medio consciente y medio dormida, tomara unos cuantos sorbos y esperó un tiempo prudencial. Poco a poco la piel otrora amarillenta comenzó a aclarar y el semblante le mejoró. La joven se dio por satisfecha

_ Tienes que darle el resto a tu madre cuando despierte_ Con una voz muy tierna pero firme, se dirigía al niño mientras le daba el calabazo con el resto de la medicina. Los niños le agradecieron su ayuda con los ojos llenos de lágrimas y con las manos vacías, pues no tenían con que pagarle.

_No le digan a nadie que bajé de la montaña, ni a su madre, ¿entendido?_ les dijo ella mientras ponía un dedo en sus labios pidiéndoles silencio. A lo que asintieron solemnes como si de un pacto se tratase,  se despidió y salió de la choza enrumbándose de nuevo a su hogar en la montaña.

Ya había amanecido, pero aun llovía, el cielo cobrizo parecía revuelto y seguía descargando su llanto sobre la tierra, mas ya no soplaba el viento como durante la noche y el rugido del trueno se escuchaba más distante. La joven cruzó rápidamente la villa, cubriéndose el rostro con la capucha y escabulléndose para no ser vista por las mujeres que salían con sus azadones en busca de rescatar algo del inundado y marchito huerto.

Subió pues, sin mucha prisa, por el camino empinado a la montaña Koe, descansando aquí y allá, admirando la grisácea vista del valle en los claros que se abrían producto de los barrancos al lado del camino. Parecía que las paredes de agua que caían del cielo por fin se alejaban poco a poco. Algunas horas más tarde, cansada, arribó a su fortaleza. Se consideraba afortunada de vivir en una edificación de piedra, cal y pisos de madera todo un lujo en medio de la montaña, su enorme hogar siempre estaba seco y tibio a pesar del inclemente clima. El blanco de las paredes contrastaba contra todos los tonos de verde que la rodeaban.

Se apresuró a entrar dejando la capa colgada en un gancho de la salita, ya el hambre le mordía incisivamente el vientre. Wicco le esperaba acurrucado en una esquina de la sala, al verla llegar, el pequeño gran gato negro de dos colas cuyos ojos eran de diferente color, el uno azul marino, el otro verde esmeralda, salió maullando cariñosamente a recibirla enroscándosele entre los tobillos.

La joven le acarició tiernamente y lo llevó en brazos a la cocina. Observó los leños secos que había dejado en la chimenea la noche anterior. Hizo un par de movimientos rápidos con sus manos sobre los maderos con lo que inmediatamente se encendió un generoso fuego que cobijó toda la habitación. Pensó por unos momentos, mientras preparaba su té, que dirían aquellos niños si la viesen encendiendo el fuego de aquella manera: “miren es la bruja haciendo brujerías” dirían, mientras la señalarían con miedo y admiración en sus ojos,  y se sonrió con ese pensamiento.

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1 Response to La Bruja de Koe: Cap I

  1. Anónimo says:

    Muy talentoso, te felicito! pero quiero saber el final, jeje.

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