+ El Loco +
Sus
ojos azules se desorbitaban mientras sus manos guiaban algún pequeño demonio
imaginario con hilos invisibles que se suspendían en el aire. Un malkavian en
la cumbre de su locura, arrastrándose en ella, ahogado en ella…
Orlando DiMarco un homicida
sociópata del New York de los años veinte, llegado de Sicilia, estuvo
codeándose con la crema de la Mafia conocida como la Cosa Nostra en su era
dorada. Asesino por placer de mujeres y por negocio de policías, se aislaba de
la sociedad para desvariar en la compañía de sus demonios-marioneta acerca del fin de los
tiempos en bares clandestinos de mala muerte en los barrios más míseros, donde
podía comprar el licor que había prohibido la ley seca.
Frecuentemente inundado por su
locura e inflamado por el alcohol arrastraba su enorme cuerpo envuelto en su
gabardina marrón por entre algún callejón, abrazado con alguna prostituta que
asesinaría con una pequeña hacha de carnicero, para luego pintar en las paredes
consignas sobre el fin del mundo con la sangre de la infeliz cuyo cuerpo nadie
reclamaría.
Alexandra, una despiadada
Malkavian de la ciudad, no muy vieja, le siguió durante largo tiempo atraída
por su locura sangrienta, fascinada por la astucia insana del asesino para
disfrazar su total falta de sentido común viviendo con total normalidad,
encajando en la sociedad cuando le era requerido.
A Orlando la mafia le había
asignado asesinar a la familia de un policía corrupto, que demandaba más dinero
del acordado en los sobornos. Una tarea sencilla para alguien tan curtido en el
arte de matar. Le pagarían doble por los dos hijos pequeños del uniformado, así
que aceptó complacido el encargo, después de todo habían sido explícitos en que
tenía que verse lo más brutal posible y aquello era un caramelo, podía desatar
a sus demonios.
Llegó entrada la noche al
acogedor hogar, a sabiendas que el tal policía estaba molestando prostitutas a
aquellas horas de su jornada. Entró forzando levemente la puerta. La mujer
dormía plácidamente en el segundo piso; cuando el asesino la asió por los
cabellos dio un grito espantoso.
Los niños llegaron a la
habitación cuando Orlando estrellaba la cabeza de la madre contra el ángulo de
la mesita de noche por céntesima vez, partiéndole el cráneo esparciéndose su
contenido por las blancas sabanas. Cuando se volvió hacia la pareja de infantes
que se hallaban congelados de terror, maquinando cual desmembraría primero,
algo entró rompiendo los cristales de la habitación.
Sin darle tiempo a reaccionar, la
demonio que le había interrumpido, se le prendió del cuello. Los niños llorando
corrieron a una esquina de la habitación cubriendo sus rostros con las sábanas
salpicadas de sangre. Orlando intentó forcejear, pero a pesar de su peso y
fuerza, no tardó en perder el conocimiento. La malkavian le soltó hasta que
terminó de beber. Para poder otorgarle la inmortalidad se hirió la palma, con
uno de los cristales esparcidos por el piso, obsequiándole un poco de su sangre
que escurrió en la boca yerta del asesino.
Orlando despertó cuando ya habían
dejado muy atrás la media noche, se sentía extraño, sediento quizá. Reposaba en
su propia sangre, miró a su lado, observó a la mujer que le había atacado jugando con
los niños. Ella le acariciaba
tiernamente el cabello a la pequeña, mientras su hermano estaba quieto a su
lado. Los niños parecían estar en una especie de transe. Él sociópata se puso
en pie tambaleante. La demonio tomó velozmente a la pequeña y le hundió los
colmillos en la yugular sorbiendo un poco y desgarrándola luego, dejándola
desangrar en frente de su pequeño hermano. Orlando estaba sorprendido por la escena,
gratamente sorprendido. La mujer le ofreció al niño que aún vivía y que aun con
los ojos perdidos miraba el cuerpo palpitante de su hermana.
El aprendiz de demonio descubrió
el cuello del infante y miró como la sangre palpitaba, sus incisivos afloraron
y los hincó en la tierna piel. Tragó la fuerte vitae que manaba y se enardeció
con un placer indescriptible. La malkavian triunfante, se regocijó ante su
creación.
Durante años fueron la pareja más
destructora de no-vivos de la región, poniendo demasiado cerca el
descubrimiento de la mascarada, jugando con su locura llegando a límites
insospechados. Fustigados por los principados fueron migrando de ciudad en
ciudad, cruzando el océano, dejando claros rastros sanguinolentos de sus pasos
en cada nicho que escogían.
Por fin, el regente de Paris los
puso en regla poniendo temporalmente fin a sus locuras, bajo pena de cacería de
sangre. Alexandra comprendiendo la gravedad de la amenaza calmó a su compañero
limitándose a las cazas por la supervivencia y una que otra esporádica por
placer, manteniéndose así por más de ocho décadas.
Sin embargo, hace no tanto tiempo
Orlando y Alexandra habían abandonado el viejo continente hastiados de
imposiciones y se habían establecido en Chicago. Vivían bajo el ala protectora
del líder Malkavian de la ciudad, Sire de Alexandra, viviendo en su nido y
departiendo en sus fiestas. Sin embargo los hijos de Caín radicados en Chicago
vivían la más crítica situación con los Lupinos que se recuerde. La guerra
arreciaba y los garou ganaban terreno.
La tribu de garras rojas de la
ciudad, logró ubicar los mayores nichos y embistieron coordinada e
inmisericordemente. El ataque lupino logró reunir a las demás tribus en una de
las más enormes manadas que han visto ojos no-muertos en tiempos modernos, al
mando de Trascas ‘Ojo Rojo’, masacraron a la mayoría de los vampiros,
aplastándolos salvaje y totalmente. Se rumoreó que el Sabath tuvo su
participación en el ataque pasando la ubicación de los nichos a Trascas.
Entre los pocos que pudieron
escapar al espeluznante baño de sangre, se hallaba Orlando. El destino de
Alexandra, al contrario, fue desaparecer destrozada entre las garras y las fauces
de los Garou. La dolorosa caída de los vampire en Chicago recordó a los
cainitas que la guerra con los lupinos está lejos de terminar y que ante una
manada de aquellas proporciones están prácticamente indefensos, esa noche
Chicago pasó a ser dominada por los guerreros de Gaia.
Orlando sin un maestro y su
estado psíquico devastado por la conexión que perdió con su Sire, vagó largo
tiempo como un verdadero caitiff, hasta llegar a la Ciudad donde se acogió a
los Malkavian de Charlice. Pero aquellos dementes prácticamente le ignoraron y
no tardó en desatar a sus demonios nuevamente, arrollando a demasiadas e
innecesarias víctimas del rebaño y abrazando indiscriminadamente, poniendo en
gran riesgo a la mascarada.
En medio de sus títeres
imaginarios sentía claramente como su cuarto chiquillo era destruido por los
ajusticiadores, sintiendo muy cerca los pasos de sus verdugos.
Etiquetas: Caza de Sangre
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